Hacia 1600 a alguien se le ocurrió que una historia entera podía cantarse de principio a fin. Esta unidad va de qué se inventó para que eso se entendiera, y de quién puso el dinero.
No las respondas todavía. Al final de la unidad volvemos a ellas.
Antes de poner ninguna grabación, la clase construye el acompañamiento. Cuatro notas graves y nada más: la, sol, fa, mi. Una nota cada cuatro tiempos, muy despacio, dando la vuelta sin parar.
Primero la tocan todos, al unísono, dos vueltas enteras. Solo el bajo. Suena vacío, y tiene que sonar vacío.
En la segunda parte, tres o cuatro personas con guitarra o teclado ponen acordes encima: la menor, sol, fa, mi. El bajo no ha cambiado ni una nota, y ya suena a canción.
Ahora el truco. Escribimos un 6 debajo del fa. Ese seis significa: sobre esa nota va el acorde de re menor, con el fa abajo. Y otro 6 debajo del sol: ahí va mi menor, con el sol abajo.
Mismas cuatro notas graves. Dos cifras nuevas. Y el acompañamiento es otro. Nadie ha escrito la melodía de la mano derecha: eso lo decide quien toca.

Claudio Monteverdi, dominio público, vía Wikimedia Commons
Ahora sí, la Toccata de L'Orfeo entera y sin comentarios por encima. Es lo primero que se oyó en la sala aquella noche de 1607, y hace exactamente lo que acabáis de hacer: un bajo casi quieto y todo el movimiento encima.
Durante el siglo anterior, la música seria de Europa consistía en varias voces cantando líneas distintas a la vez. Suena bien y es difícil de hacer, pero tiene un problema que no se arregla: no se entiende el texto. Con cuatro voces diciendo cuatro cosas, no hay historia posible.
Hacia 1600 un grupo de músicos italianos da con la solución, y es de una sencillez casi tramposa. Una sola voz arriba, que dice el texto con la claridad de quien habla. Y debajo, dos o tres instrumentos sosteniendo la armonía para que esa voz no se quede sola.
Esa voz que habla cantando, siguiendo el ritmo de la frase en vez del de un compás, se llama recitativo. Es el invento que hace posible una historia cantada: cuando alguien recita, sabes que está hablando, y cuando se pone a cantar de verdad, sabes que está sintiendo algo.
Lo que se escribe debajo es lo verdaderamente raro. El compositor no escribe el acompañamiento: escribe solo la línea del bajo, y encima de esa línea pone números. Los números dicen qué acordes tocar. El resto —cómo repartirlos, cuándo arpegiarlos, cuánto adornar— lo decide el intérprete esa noche. Eso es el bajo continuo.
Es un reparto de trabajo, no una economía de tinta. El compositor fija la armonía y deja la textura abierta. Por eso el periodo entero se conoce como la era del bajo continuo, y por eso dos grabaciones de la misma obra pueden sonar tan distintas sin que ninguna esté mal.
Y con esto nace algo más: un grupo grande y organizado de instrumentos. La partitura de L'Orfeo que se imprimió en Venecia en 1609 trae la lista, y es la primera vez que un compositor deja por escrito quién tiene que tocar.

Claudio Monteverdi, edición de Ricciardo Amadino, Venecia 1609, dominio público, vía Wikimedia Commons
Cuenta los instrumentos de acordes de esa lista: dos claves, dos órganos de madera, un arpa doble, dos chitarrones y un regal. Ocho instrumentos cuyo único trabajo es poner acordes sobre el bajo. Una treintena larga de músicos, y ocho de ellos dedicados a sostener.
Queda la pregunta del dinero, que es la que de verdad cambia la música. En 1607 la ópera es una fiesta de corte: la paga el duque de Mantua para sus carnavales y la ve quien está invitado. No hay entradas porque no hay público.
Treinta años después, en 1637, abre en Venecia el Teatro San Cassiano. Es el primer teatro de ópera que vende entradas. Hasta entonces los teatros comerciales solo daban comedias habladas, y la ópera era cosa privada de cortes y aristócratas.
Ese cambio se oye. Cuando el que paga es un desconocido que ha comprado su butaca, las melodías se vuelven más pegadizas, los cantantes se vuelven famosos y el que escribe tiene que competir con el teatro de al lado. La ópera deja de ser un regalo y pasa a ser un negocio.
Datos duros: L'Orfeo, Mantua, 24 de febrero de 1607, para la corte de los Gonzaga, partitura impresa en Venecia en 1609. Teatro San Cassiano, Venecia, 1637, primer teatro de ópera de pago. Ospedale della Pietà, Venecia: un orfanato de niñas abandonadas con escuela de música, donde Vivaldi fue profesor de violín y canto de 1703 a 1715 y de 1723 a 1740. Sus conciertos los estrenaban las internas.
Un bajo que sostiene y unos acordes que el intérprete decide no es una rareza de museo. Estos tres casos lo hacen igual, y conviene oírlos seguidos.
Ninguno es mejor que otro. Los tres resuelven lo mismo: poner algo estable debajo para que lo de arriba pueda moverse.
Aquí hubo bajo continuo, y uno de sus manuales se imprimió en Zaragoza.
Gaspar Sanz nació en Calanda (Teruel); su partida de bautismo es del 4 de abril de 1640. Pasó una temporada larga en Roma y en Nápoles, donde estuvo cerca del mundo de la ópera veneciana, y volvió con el procedimiento aprendido.
En 1674 publicó en Zaragoza, en la imprenta de los Herederos de Diego Dormer, la Instrucción de música sobre la guitarra española. Mira la portada de arriba y lee la letra pequeña: promete «un breve tratado para acompañar con perfección… resumido en doze reglas».
Doce reglas para acompañar, para guitarra, arpa y órgano. Eso es un manual de bajo continuo, escrito en castellano y publicado en Zaragoza, doce años antes de que naciera Bach.

Gaspar Sanz, 1674, Biblioteca Nacional de España, dominio público, vía Wikimedia Commons
Fíjate en la esquina de abajo de esa lámina: «Gaspar Sanz Invenit Cesarauguste. Sexta die Decembris anno 1674». Cesaraugusta es Zaragoza. Está fechado el 6 de diciembre de 1674.
Setenta kilómetros al suroeste, en Daroca, el organista de la colegiata de Santa María de los Corporales era Pablo Bruna (1611–1679), ciego desde los cinco o seis años. Tocaba allí desde los dieciséis, con nombramiento oficial desde 1631, y siguió hasta su muerte el 26 de junio de 1679.
Aquí la pregunta del dinero se responde distinto que en Venecia. Daroca era un centro de peregrinación, y por sus calles pasaba gente todo el año. El organista no vendía entradas: era parte de lo que uno iba a ver. Felipe IV y Carlos II paraban en Daroca para oírle tocar.
Y no todo el mundo quería irse a la capital. En 1639 el cabildo de El Pilar de Zaragoza le ofreció el puesto de organista y Bruna dijo que no. Se quedó en Daroca toda su vida.
¿Y la ópera cantada en castellano? Llegó tarde, y por razones de Estado. Con la Paz de los Pirineos y la boda de la infanta María Teresa con Luis XIV, la corona española quiso igualar lo que se hacía en la corte francesa y encargó dos obras cantadas de principio a fin a Calderón de la Barca y al compositor Juan Hidalgo.
Fueron La púrpura de la rosa (1659) y Celos aun del aire matan, estrenada el 5 de diciembre de 1660 en el Coliseo del Buen Retiro. La segunda es la ópera más antigua del mundo hispano que se conserva.
Del mismo grupo de gente sale la zarzuela. El nombre no es de un género: es de un sitio, el Palacio de la Zarzuela, cerca de Madrid, donde se representaban. Calderón fue el primero que llamó «zarzuela» a una obra suya, El golfo de las sirenas, estrenada en 1657.
El dato incómodo es el que merece decirse. En Venecia se vendían entradas para la ópera desde 1637; aquí, veinte años después, la música cantada seguía siendo cosa de palacio y de iglesia. La técnica llegó rápido y el público de pago tardó un siglo.
Las canciones de esta unidad están en la biblioteca, cada una con su artículo y su chart: With or Without You, La flaca, Levitating.
Por dónde empieza todo — L'Orfeo de Monteverdi, tráiler de la producción del Teatro Real.
Qué es el bajo continuo, tocado y explicado — la Netherlands Bach Society lo desmonta con los instrumentos delante.
El mismo bajo, vuelta tras vuelta — La folía de Corelli en el arreglo de Geminiani, por Voices of Music con instrumentos originales.
La orquesta del orfanato — La primavera de Vivaldi, por Voices of Music. Música escrita para que la estrenaran las internas de la Pietà.
Aquí, en 1674 — Canarios de Gaspar Sanz, por Miguel Rincón a la guitarra barroca.
Aquí, en Daroca — un tiento de Pablo Bruna, por Ángel Montero al órgano.
El bajo sin acordes — demostración de tanpura del Metropolitan Museum of Art.
No las respondas todavía. Al final de la unidad volvemos a ellas.
Antes de poner ninguna grabación, la clase construye el acompañamiento. Cuatro notas graves y nada más: la, sol, fa, mi. Una nota cada cuatro tiempos, muy despacio, dando la vuelta sin parar.
Primero la tocan todos, al unísono, dos vueltas enteras. Solo el bajo. Suena vacío, y tiene que sonar vacío.
En la segunda parte, tres o cuatro personas con guitarra o teclado ponen acordes encima: la menor, sol, fa, mi. El bajo no ha cambiado ni una nota, y ya suena a canción.
Ahora el truco. Escribimos un 6 debajo del fa. Ese seis significa: sobre esa nota va el acorde de re menor, con el fa abajo. Y otro 6 debajo del sol: ahí va mi menor, con el sol abajo.
Mismas cuatro notas graves. Dos cifras nuevas. Y el acompañamiento es otro. Nadie ha escrito la melodía de la mano derecha: eso lo decide quien toca.

Claudio Monteverdi, dominio público, vía Wikimedia Commons
Ahora sí, la Toccata de L'Orfeo entera y sin comentarios por encima. Es lo primero que se oyó en la sala aquella noche de 1607, y hace exactamente lo que acabáis de hacer: un bajo casi quieto y todo el movimiento encima.
Durante el siglo anterior, la música seria de Europa consistía en varias voces cantando líneas distintas a la vez. Suena bien y es difícil de hacer, pero tiene un problema que no se arregla: no se entiende el texto. Con cuatro voces diciendo cuatro cosas, no hay historia posible.
Hacia 1600 un grupo de músicos italianos da con la solución, y es de una sencillez casi tramposa. Una sola voz arriba, que dice el texto con la claridad de quien habla. Y debajo, dos o tres instrumentos sosteniendo la armonía para que esa voz no se quede sola.
Esa voz que habla cantando, siguiendo el ritmo de la frase en vez del de un compás, se llama recitativo. Es el invento que hace posible una historia cantada: cuando alguien recita, sabes que está hablando, y cuando se pone a cantar de verdad, sabes que está sintiendo algo.
Lo que se escribe debajo es lo verdaderamente raro. El compositor no escribe el acompañamiento: escribe solo la línea del bajo, y encima de esa línea pone números. Los números dicen qué acordes tocar. El resto —cómo repartirlos, cuándo arpegiarlos, cuánto adornar— lo decide el intérprete esa noche. Eso es el bajo continuo.
Es un reparto de trabajo, no una economía de tinta. El compositor fija la armonía y deja la textura abierta. Por eso el periodo entero se conoce como la era del bajo continuo, y por eso dos grabaciones de la misma obra pueden sonar tan distintas sin que ninguna esté mal.
Y con esto nace algo más: un grupo grande y organizado de instrumentos. La partitura de L'Orfeo que se imprimió en Venecia en 1609 trae la lista, y es la primera vez que un compositor deja por escrito quién tiene que tocar.

Claudio Monteverdi, edición de Ricciardo Amadino, Venecia 1609, dominio público, vía Wikimedia Commons
Cuenta los instrumentos de acordes de esa lista: dos claves, dos órganos de madera, un arpa doble, dos chitarrones y un regal. Ocho instrumentos cuyo único trabajo es poner acordes sobre el bajo. Una treintena larga de músicos, y ocho de ellos dedicados a sostener.
Queda la pregunta del dinero, que es la que de verdad cambia la música. En 1607 la ópera es una fiesta de corte: la paga el duque de Mantua para sus carnavales y la ve quien está invitado. No hay entradas porque no hay público.
Treinta años después, en 1637, abre en Venecia el Teatro San Cassiano. Es el primer teatro de ópera que vende entradas. Hasta entonces los teatros comerciales solo daban comedias habladas, y la ópera era cosa privada de cortes y aristócratas.
Ese cambio se oye. Cuando el que paga es un desconocido que ha comprado su butaca, las melodías se vuelven más pegadizas, los cantantes se vuelven famosos y el que escribe tiene que competir con el teatro de al lado. La ópera deja de ser un regalo y pasa a ser un negocio.
Datos duros: L'Orfeo, Mantua, 24 de febrero de 1607, para la corte de los Gonzaga, partitura impresa en Venecia en 1609. Teatro San Cassiano, Venecia, 1637, primer teatro de ópera de pago. Ospedale della Pietà, Venecia: un orfanato de niñas abandonadas con escuela de música, donde Vivaldi fue profesor de violín y canto de 1703 a 1715 y de 1723 a 1740. Sus conciertos los estrenaban las internas.
Un bajo que sostiene y unos acordes que el intérprete decide no es una rareza de museo. Estos tres casos lo hacen igual, y conviene oírlos seguidos.
Ninguno es mejor que otro. Los tres resuelven lo mismo: poner algo estable debajo para que lo de arriba pueda moverse.
Aquí hubo bajo continuo, y uno de sus manuales se imprimió en Zaragoza.
Gaspar Sanz nació en Calanda (Teruel); su partida de bautismo es del 4 de abril de 1640. Pasó una temporada larga en Roma y en Nápoles, donde estuvo cerca del mundo de la ópera veneciana, y volvió con el procedimiento aprendido.
En 1674 publicó en Zaragoza, en la imprenta de los Herederos de Diego Dormer, la Instrucción de música sobre la guitarra española. Mira la portada de arriba y lee la letra pequeña: promete «un breve tratado para acompañar con perfección… resumido en doze reglas».
Doce reglas para acompañar, para guitarra, arpa y órgano. Eso es un manual de bajo continuo, escrito en castellano y publicado en Zaragoza, doce años antes de que naciera Bach.

Gaspar Sanz, 1674, Biblioteca Nacional de España, dominio público, vía Wikimedia Commons
Fíjate en la esquina de abajo de esa lámina: «Gaspar Sanz Invenit Cesarauguste. Sexta die Decembris anno 1674». Cesaraugusta es Zaragoza. Está fechado el 6 de diciembre de 1674.
Setenta kilómetros al suroeste, en Daroca, el organista de la colegiata de Santa María de los Corporales era Pablo Bruna (1611–1679), ciego desde los cinco o seis años. Tocaba allí desde los dieciséis, con nombramiento oficial desde 1631, y siguió hasta su muerte el 26 de junio de 1679.
Aquí la pregunta del dinero se responde distinto que en Venecia. Daroca era un centro de peregrinación, y por sus calles pasaba gente todo el año. El organista no vendía entradas: era parte de lo que uno iba a ver. Felipe IV y Carlos II paraban en Daroca para oírle tocar.
Y no todo el mundo quería irse a la capital. En 1639 el cabildo de El Pilar de Zaragoza le ofreció el puesto de organista y Bruna dijo que no. Se quedó en Daroca toda su vida.
¿Y la ópera cantada en castellano? Llegó tarde, y por razones de Estado. Con la Paz de los Pirineos y la boda de la infanta María Teresa con Luis XIV, la corona española quiso igualar lo que se hacía en la corte francesa y encargó dos obras cantadas de principio a fin a Calderón de la Barca y al compositor Juan Hidalgo.
Fueron La púrpura de la rosa (1659) y Celos aun del aire matan, estrenada el 5 de diciembre de 1660 en el Coliseo del Buen Retiro. La segunda es la ópera más antigua del mundo hispano que se conserva.
Del mismo grupo de gente sale la zarzuela. El nombre no es de un género: es de un sitio, el Palacio de la Zarzuela, cerca de Madrid, donde se representaban. Calderón fue el primero que llamó «zarzuela» a una obra suya, El golfo de las sirenas, estrenada en 1657.
El dato incómodo es el que merece decirse. En Venecia se vendían entradas para la ópera desde 1637; aquí, veinte años después, la música cantada seguía siendo cosa de palacio y de iglesia. La técnica llegó rápido y el público de pago tardó un siglo.
Las canciones de esta unidad están en la biblioteca, cada una con su artículo y su chart: With or Without You, La flaca, Levitating.
Por dónde empieza todo — L'Orfeo de Monteverdi, tráiler de la producción del Teatro Real.
Qué es el bajo continuo, tocado y explicado — la Netherlands Bach Society lo desmonta con los instrumentos delante.
El mismo bajo, vuelta tras vuelta — La folía de Corelli en el arreglo de Geminiani, por Voices of Music con instrumentos originales.
La orquesta del orfanato — La primavera de Vivaldi, por Voices of Music. Música escrita para que la estrenaran las internas de la Pietà.
Aquí, en 1674 — Canarios de Gaspar Sanz, por Miguel Rincón a la guitarra barroca.
Aquí, en Daroca — un tiento de Pablo Bruna, por Ángel Montero al órgano.
El bajo sin acordes — demostración de tanpura del Metropolitan Museum of Art.
Don't answer yet. We come back to these at the end.
Before any recording, the class builds the accompaniment. Four low notes and nothing else: A, G, F, E. One note every four beats, very slowly, round and round.
First everyone plays it in unison, two full turns. Bass only. It sounds empty, and it is supposed to sound empty.
Then three or four people on guitar or keyboard put chords on top: A minor, G, F, E. The bass has not moved a single note, and already it sounds like a song.
Now the trick. Write a 6 under the F. That six means: over this note, play a D minor chord with the F at the bottom. Write another 6 under the G, and there you play E minor with the G at the bottom.
Same four low notes. Two new digits. A different accompaniment. And nobody wrote the right hand: whoever is playing decides that.

Claudio Monteverdi, dominio público, vía Wikimedia Commons
Now play the Toccata from L'Orfeo, all of it, with nobody talking over it. It is the first thing the room heard on that night in 1607, and it does exactly what you have just done: a bass that hardly moves, with all the motion above it.
For the whole previous century, serious European music meant several voices singing different lines at once. It sounds good and it is hard to write, but it has a problem with no fix: you cannot make out the words. Four voices saying four things means no story.
Around 1600 a group of Italian musicians found the answer, and it is almost suspiciously simple. One voice on top, delivering the text as clearly as speech. Underneath, two or three instruments holding the harmony so that voice is not left bare.
A voice that speaks while singing, following the rhythm of the sentence instead of the rhythm of the bar, is called recitative. It is what makes a sung story possible: when someone recites you know they are talking, and when they break into real singing you know they are feeling something.
What gets written underneath is the genuinely strange part. The composer does not write the accompaniment: only the bass line, with numbers above it. The numbers say which chords to play. Everything else — how to space them, when to spread them, how much to decorate — is decided by the player, that night. That is basso continuo.
It is a division of labour, not a way of saving ink. The composer fixes the harmony and leaves the texture open. That is why the whole period is known as the age of the continuo, and why two recordings of one piece can sound so different without either being wrong.
Something else is born here too: a large, organised group of instruments. The score of L'Orfeo printed in Venice in 1609 includes the list, and it is the first time a composer put in writing who is supposed to play.

Claudio Monteverdi, edición de Ricciardo Amadino, Venecia 1609, dominio público, vía Wikimedia Commons
Count the chord instruments on that list: two harpsichords, two wooden organs, a double harp, two chitarroni and a regal. Eight instruments whose only job is to put chords over the bass. Thirty-odd players, and eight of them there to hold it up.
That leaves the money question, which is the one that really changes the music. In 1607 opera is a court festivity: the Duke of Mantua pays for it as carnival entertainment and you see it if you are invited. There are no tickets because there is no public.
Thirty years later, in 1637, the Teatro San Cassiano opens in Venice. It is the first opera house to sell tickets. Until then commercial theatres put on spoken comedies only, and opera stayed private, for courts and aristocrats.
You can hear that change. Once the payer is a stranger who bought a seat, tunes get catchier, singers become famous, and whoever writes the music has to compete with the theatre down the canal. Opera stops being a gift and becomes a business.
Hard facts: L'Orfeo, Mantua, 24 February 1607, for the Gonzaga court, score printed in Venice in 1609. Teatro San Cassiano, Venice, 1637, the first ticket-selling opera house. Ospedale della Pietà, Venice: an orphanage for abandoned girls with a music school, where Vivaldi taught violin and singing from 1703 to 1715 and from 1723 to 1740. His concertos were premiered by the residents.
A bass that holds things up while the player chooses the chords is not a museum curiosity. These three do the same job, and they are worth hearing back to back.
None of them is better than the others. All three solve the same problem: put something steady underneath so the thing on top is free to move.
There was basso continuo here, and one of its manuals was printed in Zaragoza.
Gaspar Sanz was born in Calanda (Teruel); his baptism record is dated 4 April 1640. He spent a long stretch in Rome and Naples, close to the world of Venetian opera, and came back with the method learned.
In 1674 he published in Zaragoza, at the press of the Herederos de Diego Dormer, the Instrucción de música sobre la guitarra española. Look at the cover image above and read the small print: it promises "a brief treatise on accompanying with perfection… summed up in twelve rules".
Twelve rules for accompanying, for guitar, harp and organ. That is a continuo manual, written in Spanish and published in Zaragoza, twelve years before Bach was born.

Gaspar Sanz, 1674, Biblioteca Nacional de España, dominio público, vía Wikimedia Commons
Look at the bottom corner of that plate: "Gaspar Sanz Invenit Cesarauguste. Sexta die Decembris anno 1674". Cesaraugusta is Zaragoza. It is dated 6 December 1674.
Seventy kilometres to the south-west, in Daroca, the organist of the collegiate church of Santa María de los Corporales was Pablo Bruna (1611–1679), blind since the age of five or six. He had been playing there since he was sixteen, officially appointed in 1631, and he kept the post until his death on 26 June 1679.
Here the money question gets a different answer from Venice. Daroca was a pilgrimage town, with people passing through all year. The organist did not sell tickets: he was part of what you came to see. Philip IV and Charles II would stop in Daroca to hear him play.
And not everyone wanted the capital. In 1639 the chapter of El Pilar in Zaragoza offered him the organist's post and Bruna turned it down. He stayed in Daroca his whole life.
What about opera sung in Spanish? It arrived late, and for reasons of state. With the Peace of the Pyrenees and the marriage of the infanta María Teresa to Louis XIV, the Spanish crown wanted to match what the French court was doing, and commissioned two fully sung works from Calderón de la Barca and the composer Juan Hidalgo.
They were La púrpura de la rosa (1659) and Celos aun del aire matan, first performed on 5 December 1660 at the Coliseo del Buen Retiro. The second is the oldest surviving opera of the Spanish-speaking world.
The same circle produced the zarzuela. The name is not a genre's: it is a place's, the Palacio de la Zarzuela near Madrid, where these works were staged. Calderón was the first to call a work of his a zarzuela, El golfo de las sirenas, staged in 1657.
The awkward fact is the one worth saying. Venice had been selling opera tickets since 1637; here, twenty years later, sung drama was still a matter of palaces and churches. The technique arrived fast and the paying audience took a century.
The songs in this unit are in the library, each with its own article and chart: With or Without You, La flaca, Levitating.
Where it all starts — Monteverdi's L'Orfeo, trailer of the Teatro Real production.
What basso continuo is, played and explained — the Netherlands Bach Society takes it apart with the instruments in front of you.
The same bass, turn after turn — Corelli's La folía in Geminiani's arrangement, by Voices of Music on original instruments.
The orphanage orchestra — Vivaldi's Spring, by Voices of Music. Music written to be premiered by the residents of the Pietà.
Here, in 1674 — Gaspar Sanz's Canarios, played by Miguel Rincón on baroque guitar.
Here, in Daroca — a tiento by Pablo Bruna, played by Ángel Montero on the organ.
The bass with no chords — a tanpura demonstration from the Metropolitan Museum of Art.