¿Cómo mandas una canción a mil kilómetros sin poder escribirla?

Durante siglos, aprender una canción significaba oírsela a alguien. Esta unidad va del día en que eso dejó de bastar, de cómo después hubo que escribir dos y cuatro voces a la vez, y de lo que ganamos y perdimos al inventar la partitura.

📅 20 de septiembre, 2026 #curso:3-eso #tipo:unidad #estilo:canto-gregoriano #concepto:partitura #concepto:notacion #lugar:aragon
Antifonario con la música escrita sobre cuatro líneas, segunda mitad del siglo XV o primera del XVI, Museu Arqueològic d'Alacant. Foto: Joanbanjo, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

Nos preguntamos

  • Si nunca has oído una canción, ¿puedes cantarla mirando un papel?
  • ¿Cuántas canciones te sabes enteras sin mirar nada?
  • ¿Quién decide que una canción se cante igual en dos sitios distintos?
  • Si escribo una melodía, ¿qué parte de lo que suena se queda fuera del papel?
  • ¿Puede existir una música escrita que nadie sepa ya leer?
  • Si cuatro personas cantan cosas distintas a la vez, ¿cómo escribes cuánto dura cada nota para que no se descuadren?
  • ¿Para qué querría alguien pasarse la vida cantando ocho veces al día?

No las respondas todavía. Al final de la unidad volvemos a ellas.

El fragmento

Hoy no empezamos escuchando. Empezamos con un encargo imposible.

Primero, de oído. El profesor canta una frase corta, siete u ocho notas, sin decir nada más. La clase la repite hasta que sale igual tres veces seguidas. No hay letra, no hay nombre, no hay papel.

Después, el encargo. Cada uno, en un folio y en silencio, escribe instrucciones para que alguien que no ha estado aquí cante esa frase exactamente igual. Prohibido escribir el nombre de las notas: casi nadie lo sabe todavía, y ese es el sentido del ejercicio.

Y ahora, la prueba. Se intercambian los folios entre grupos. Cada grupo intenta cantar el folio que le ha tocado, tal cual, sin preguntar nada.

Lo que sale siempre es lo mismo: flechas arriba y abajo, rayas más altas y más bajas, números, muñecos. Y funcionan a medias. Funcionan para quien ya oyó la frase, porque le recuerdan el dibujo. No funcionan para quien no la oyó nunca, porque no dicen desde dónde se empieza ni cuánto se sube.

Guardad los folios. Dentro de un rato resultará que la clase acaba de reinventar, en diez minutos, el sistema que Europa usó durante dos siglos.

Qué cambió

Escuchad ahora un introito cantado por los monjes de Silos. No hay instrumentos, no hay armonía, no hay nadie llevando el compás. Una sola línea de voces, todas cantando lo mismo. Eso es el canto llano.

Spiritus Domini, introito en modo VIII, por el Coro de Monjes del Monasterio de Silos

Ese canto no era un concierto: era un horario. En un monasterio se cantaba el oficio a horas fijas, desde antes del amanecer hasta antes de acostarse, todos los días del año, incluida la madrugada. Tercia a las nueve, sexta a las doce, nona a las tres de la tarde, vísperas a partir de las cinco. Cada día del calendario tenía sus textos y sus melodías propias.

Monjes cantando ante el altar, con el libro abierto en el atril, dentro de una letra T dorada

Maestro de los Cipreses, inicial T con monjes cantando, década de 1430, CC0, National Gallery of Art, vía Wikimedia Commons

Haz la cuenta de lo que eso pide a una memoria. Miles de piezas, cada una con su día, y un grupo de personas que se renueva cuando los viejos mueren y entran chavales nuevos. Y ahí llega el problema de verdad, que es político antes que musical.

Seis monjes cantando alrededor de un solo libro abierto en un atril: así se leía la música antes de que cada cantor tuviera su papel

Óleo de Ignacio Merino, 1861, dominio público, vía Wikimedia Commons

El problema era de logística. El padre de Carlomagno suprimió el rito propio de sus territorios y adoptó el de Roma, para atarse a Roma. Entre 785 y 786, a petición de Carlomagno, el papa Adriano I mandó a la corte franca un libro con el canto romano. Carlomagno, ya emperador, lo extendió por todo el imperio: un mismo repertorio, cantado igual desde el Rin hasta los Pirineos, es una forma barata de demostrar que mandas.

Pero una cosa es ordenarlo y otra conseguirlo. Un cantor de Metz no podía viajar a cada abadía a enseñar dos mil melodías. Así que alguien, en el siglo IX, hizo exactamente lo que habéis hecho vosotros con el folio: dibujar encima de las palabras el movimiento de la voz. A esos dibujos se les llama neumas.

De la memoria al neuma, contado por Juan Velázquez — el vídeo empieza en ese punto, y volveremos a él en cada paso de la historia

Los neumas dicen mucho y callan lo esencial. Dicen si la voz sube, si baja, si dos notas van pegadas, si una se alarga. No dicen desde qué nota empiezas ni cuánto subes exactamente. Son un recordatorio para quien ya se sabe la melodía, no una receta para quien no la ha oído. Funcionan igual de mal que vuestros folios, y por la misma razón.

Un copista en su escritorio, pluma en mano, con libros abiertos en atriles y otros amontonados en el suelo

Jean Miélot copiando un manuscrito, Biblioteca Real de Bruselas MS 9278, siglo XV, dominio público, vía Wikimedia Commons

Cada libro se copiaba así, a mano y letra a letra. Un error de copia en un neuma se repetía en todas las copias que salían de esa.

Página del Cantatorium de San Galo: los neumas flotan encima de las palabras, sin ninguna línea que fije la altura

Copiado en San Galo entre 922 y 925, Cod. Sang. 359, p. 25, dominio público, vía Wikimedia Commons

Y esto no es una opinión: tenemos la prueba. De la liturgia hispánica, la que se cantaba en la península antes del siglo XI, se conservan manuscritos con casi todo el repertorio. Y no se puede leer.

La notación no indica los intervalos, así que sabemos dónde subía la voz pero no cuánto. De todo ese repertorio solo pueden leerse veintiún cantos, porque alguien los copió en el siglo XII con una notación que sí marcaba alturas. Los demás están escritos y son mudos.

Un sistema así solo aguanta mientras viva alguien que se sepa las canciones de memoria. Cuando esa gente muere, el dibujo se queda sin clave. Es una música escrita que nadie sabe ya leer.

La solución cabe en una frase: una raya en el papel es una nota fija. Si trazas una línea y acuerdas que esa línea es un sonido concreto, cualquier signo que pongas encima o debajo ya tiene altura medible. Lo que era un dibujo pasa a ser una medida.

En la primera mitad del siglo XI eso ya se hacía en Aquitania, y hacia 1025 un monje benedictino que enseñaba a los cantores de la catedral de Arezzo lo convirtió en método, con cuatro líneas: el tetragrama. Es el pentagrama menos una línea, y todavía se usa para el canto llano.

De una línea a cuatro — mismo vídeo, más adelante

El mismo monje resolvió la otra mitad del problema, que era cómo nombrar lo que ves. Cogió un himno a san Juan Bautista, Ut queant laxis, en el que cada verso empieza un grado más arriba, y usó la primera sílaba de cada verso como nombre de ese escalón: ut, re, mi, fa, sol, la.

Ut queant laxis: cada verso empieza un grado más arriba que el anterior

El himno funciona como una escalera que te da el tono de salida. El si llegó después, de las iniciales de Sancte Ioannes, y en el siglo XVII Giovanni Battista Doni cambió ut por do, que termina en vocal y se canta mejor.

El resultado se midió en tiempo, que es la única medida que le importa a quien paga. Formar a un cantor capaz llevaba diez años. Con líneas y sílabas pasó a llevar uno o dos. También se le atribuye la mano guidoniana, la de leer las notas en las articulaciones de los dedos; de eso conviene desconfiar un poco, porque él solo describe una versión rudimentaria y el sistema completo es de un siglo después.

Mano dibujada con el nombre de una nota en cada articulación de los dedos, de Gamma ut en el pulgar hacia arriba

Mano guidoniana, UC Berkeley Music Library MS 1087, siglo XVI, dominio público, vía Wikimedia Commons

Esta mano es del siglo XVI, quinientos años después de Guido: el sistema se siguió usando todo ese tiempo.

Ahora la parte incómoda. Lo que el tetragrama escribe bien es qué nota y en qué orden. Lo que deja fuera es casi todo lo demás: cuánto dura exactamente, con qué fuerza, con qué adorno, cómo se dobla la voz al final de la frase. Los neumas antiguos dibujaban ese gesto con muchísimo detalle, y al pasar a notas cuadradas sobre líneas, ese detalle se perdió. Ganamos la altura y perdimos el gesto.

Y entonces, dos voces a la vez. Mientras unos aprendían a escribir una sola melodía, otros ya cantaban dos. Hacia 895 un tratado anónimo, la Musica enchiriadis, da la receta más sencilla: una voz canta el canto llano y otra lo dobla por debajo, a distancia de quinta o de cuarta, moviéndose a la vez. A eso se le llama organum, y es la primera polifonía con reglas escritas que conservamos.

Dos páginas de la Musica enchiriadis: las sílabas del texto suben y bajan entre líneas horizontales, una voz encima de otra

Musica enchiriadis, Einsiedeln Cod. 79, fol. 24v-25r, siglo X, dominio público, vía Wikimedia Commons

Veinte segundos de organum paralelo, con la partitura en pantalla. La segunda voz va pegada a la primera como una sombra

Fijaos en cómo está escrito: no hay neumas, hay sílabas colocadas a distintas alturas entre líneas. Para cantar dos voces a la vez el dibujo ya no basta: hay que medir la distancia entre ellas.

Del doble al adorno. En el siglo XII la voz del canto se frena: sostiene cada nota mientras la otra dibuja encima una línea nueva, llena de notas, como una guirnalda. Es el organum florido de Saint-Martial de Limoges, en Aquitania, el mismo sitio donde se empezaron a escribir alturas fiables.

Muchas notas contra una — organum Jubilemus, exsultemus, Saint-Martial de Limoges, siglo XII, con la partitura y la traducción

Notre Dame y el Ars Antiqua. En 1163 se pone la primera piedra de la catedral de Notre Dame de París, y su coro se convierte en el laboratorio de la polifonía. Desde la década de 1160 se canta allí organum a dos voces. Un estudiante inglés del siglo XIII, al que llamamos Anónimo IV, cuenta que Léonin reunió un gran libro de organum, el Magnus liber organi.

La nave de Notre Dame de París, con sus bóvedas y vidrieras: el espacio para el que se escribió la polifonía del Ars Antiqua

Nave de Notre-Dame de París, foto de Ibex73 (2024), CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons

A la música de esta época, de 1170 a 1310 más o menos, los historiadores la llaman Ars Antiqua, «el arte antiguo». El nombre se usa por oposición al Ars Nova, que viene después.

Un estreno con fecha: la Navidad de 1198. El obispo de París, Odo de Sully, ordenó en 1198 y 1199 que ciertos cantos de Navidad y de San Esteban se cantaran en organum a tres o a cuatro voces. Esas órdenes sugieren que el Viderunt omnes de Pérotin, a cuatro voces, se escribió para la Navidad de 1198. Quien pagaba era la catedral, y lo que compraba era asombro.

Viderunt omnes, de Pérotin — el vídeo arranca justo en el fragmento (en inglés, la música habla sola)

Folio con música de Pérotin: grupos de notas cuadradas atadas entre sí sobre pautas rojas

Pérotin, Alleluia Nativitas, códice W2 de Wolfenbüttel, siglo XIII, dominio público, vía Wikimedia Commons

El problema nuevo: cuánto dura cada nota. Con una sola voz, el ritmo lo llevaba el texto. Con cuatro voces que tienen que encajar, alguien tiene que decir cuánto dura cada nota, o se descuadran. En Notre Dame no cambiaron la forma de las notas: cambiaron cómo las agrupaban.

Según cómo se ataran las notas en grupos, las ligaduras, el cantor sabía qué patrón de larga y breve le tocaba. Eran patrones fijos, los modos rítmicos. Es como un código de Morse: la nota no dice nada sola, el grupo lo dice todo.

Los modos rítmicos de Notre Dame, contados por Juan Velázquez — el vídeo empieza en ese punto

Franco de Colonia: la forma dice la duración. Hacia 1250 un tratado, el Ars cantus mensurabilis de Franco de Colonia, propone la idea que todavía usamos: que la duración de una nota se lea en su forma y no en lo que tiene alrededor. La longa es larga porque lleva plica; la breve es un cuadrado sin ella. Es la notación mensural, la que mide.

Dos páginas del Códice de Montpellier: motetes escritos en notas negras de distintas formas, con iniciales pintadas y animales en los márgenes

Códice de Montpellier, Ms H196, fol. 23v-24r, hacia 1300, dominio público, vía Wikimedia Commons

La idea de Franco, en dieciséis segundos — mismo vídeo, más adelante

Ars Nova: notas más cortas y ritmo libre. Hacia 1320 circulan en París unos escritos, atribuidos a Philippe de Vitry, que dan nombre a la época: Ars Nova, «el arte nuevo». Lo nuevo era, otra vez, la notación. Permitía ritmos que ya no cabían en los modos, decía si cada nota se dividía en dos o en tres, y usaba una figura más corta: la mínima, «la más pequeña». Nuestra blanca desciende de ella.

Del Ars Antiqua al Ars Nova — el vídeo sigue donde lo dejamos

De aquellos signos que decían si el ritmo iba en tres o en dos sale la «C» que todavía se escribe al principio de una partitura en 4/4.

Miniatura del Roman de Fauvel: una cencerrada nocturna con músicos disfrazados que tocan panderos, címbalos y cacharros

Charivari, Roman de Fauvel (BnF fr. 146), hacia 1316-1318, dominio público, vía Wikimedia Commons

El primer gran escaparate de esa música nueva es un libro satírico, el Roman de Fauvel. Hacia 1316-1317 se amplió con 169 piezas musicales, y algunas se relacionan con Vitry.

Garrit gallus, un motete del Roman de Fauvel, con la partitura sacada del manuscrito

La obra que mejor resume el Ars Nova es la Misa de Nuestra Señora de Guillaume de Machaut, escrita antes de 1365. Es la primera misa completa a varias voces que se puede atribuir a un solo compositor; antes, una misa polifónica se armaba juntando piezas de autores distintos.

Miniatura en la que Naturaleza presenta a Guillaume de Machaut a tres de sus hijos: Sentido, Retórica y Música

Naturaleza presenta a Machaut Sentido, Retórica y Música, Maestro de la Biblia de Jean de Sy, 1372-1377, dominio público, vía Wikimedia Commons

El Kyrie de Machaut con la notación original en pantalla: así se leía la música en el siglo XIV

Y otra vez hay algo que se pierde. Con cada nota medida, el cantor ya no alarga una sílaba porque el texto se lo pide: canta lo que pone. La partitura gana precisión y el cantor pierde margen.

Datos duros: primeras fuentes conservadas con notación, hacia 930. Alturas fiables sobre líneas, primera mitad del siglo XI. Tetragrama y sílabas, hacia 1025. Notación cuadrada sobre cuatro líneas generalizada en el siglo XIII, que es la que sigue en los cantorales de cualquier catedral. Primeras reglas escritas de la polifonía, hacia 895. Viderunt omnes, Navidad de 1198. La forma de la nota dice su duración, hacia 1250. Ars Nova y la mínima, hacia 1320. Compás moderno, a lo largo del siglo XVII.

El mismo recurso en otros sitios

Escribir música es siempre escribir una parte y fiarse de que el resto ya lo sabes. El neuma es un caso extremo, pero no es una rareza medieval. Estos tres lo demuestran:

  • Una tablatura de guitarra. Te dice cuerda y traste, y no te dice el ritmo. Coge la tablatura de Sweet Home Alabama e intenta tocarla sin haber oído nunca la canción: sacarás las notas y no sacarás la canción. Igual que un neuma.
  • Una partitura de Bach. En muchas de sus obras no hay indicaciones de velocidad ni de intensidad: la página dice qué notas y cuánto duran, y se calla el resto. Por eso dos grabaciones de la misma página duran distinto y suenan a cosas distintas.
  • El guqin chino. Su tablatura, el jianzi pu, anota qué cuerda, qué dedo y qué técnica, y no anota la nota ni, casi nunca, el ritmo. Hay piezas escritas que llevan siglos sin tocarse, esperando a que alguien reconstruya cómo sonaban.

Ninguno de los tres está mal hecho. Los tres escriben lo que hace falta escribir y dejan el resto en la cabeza de quien toca. La pregunta útil no es si una partitura es completa, porque ninguna lo es: es qué decidió callarse.

Y aquí, ¿qué?

Aquí pasó algo que se puede fechar al día, y ocurrió en Huesca.

El 22 de marzo de 1071, en el monasterio de San Juan de la Peña, se celebró la primera misa de rito romano de España. Ese mismo año el rey Sancho Ramírez cedió el monasterio a los monjes de Cluny. A continuación el cambio se oficializó en el resto del reino de Aragón. Visto desde fuera es un asunto de liturgia; visto desde el coro es un cambio de cancionero entero, por orden real.

Lo que se dejó de cantar aquel año es justo el repertorio que hoy no sabemos leer. No se perdió por descuido: se sustituyó. Y como nadie volvió a cantarlo, se quedó sin la única cosa que lo mantenía vivo, que era alguien capaz de entonarlo de memoria.

De lo que vino después sí sabemos mucho, porque llegó escrito con alturas. El Códice de las Huelgas, copiado a comienzos del siglo XIV en el monasterio cisterciense de monjas de Burgos, es el único manuscrito polifónico de la Edad Media que se conserva en el mismo sitio donde se hizo. Lo cantaban monjas de clausura, dato que conviene no pasar por alto cuando se cuenta que la música medieval la hacían monjes.

La polifonía también tiene un ancla en la península, y es de las primeras. El Códice Calixtino, que se conserva en la catedral de Santiago de Compostela y se compiló entre 1135 y 1173, probablemente hacia 1140, contiene el Congaudeant catholici, considerado la primera composición conocida a tres voces. Algunos estudiosos creen que la tercera voz no se pensó para sonar a la vez que las otras dos, porque juntas chocan mucho.

Congaudeant catholici, del Códice Calixtino, con la partitura y la traducción de cada estrofa

Miniatura de las Cantigas de Santa María: dos músicos con laúd y rabel, y debajo la música de la cantiga sobre pautas rojas

Cantigas de Santa María, Códice de los músicos (El Escorial b-I-2), fol. 162r, hacia 1280, dominio público, vía Wikimedia Commons

Unos treinta años después del tratado de Franco, en la corte de Alfonso X se copiaban las Cantigas de Santa María, con la música escrita sobre pautas y miniaturas de músicos tocando. Este folio, de hacia 1280, enseña un laúd y un rabel encima de la propia canción.

El facistol de la iglesia de la Magdalena de Zaragoza: un mueble del tamaño de una persona en medio del coro, hecho para sostener un solo libro

Foto: Ecelan, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

En Zaragoza se ve el tamaño del problema sin salir del centro. El coro de La Seo se mandó construir entre 1445 y 1447 por el arzobispo Dalmau de Mur, y tiene 117 sillas. Ciento diecisiete personas y, en medio, un atril.

De ahí salen los cantorales gigantes. Cuando un solo libro tiene que leerse desde varios metros, las notas se dibujan del tamaño de un pulgar y el libro acaba pesando lo que pesa. El facistol de la iglesia de la Magdalena sigue en su sitio y da la medida.

Para hacer en clase

  • Mientras suena el introito de Silos: levantad la mano cada vez que la voz se mueva a un sonido más agudo. Al final comparamos quién levantó la mano en los mismos puntos. Eso, dibujado, es un neuma.
  • Mientras suena Ut queant laxis: contad con los dedos los comienzos de verso. Son seis, y cada uno arranca un escalón más arriba. El que quiera, que cante solo esas seis primeras sílabas seguidas.
  • Mientras suena el canto del Códice de las Huelgas: una mitad de la clase sigue una voz y la otra mitad sigue otra. Levantáis la mano cuando las dos coincidan en la misma nota.
  • Cantar en organum: la mitad de la clase canta una frase de canto llano y la otra mitad la misma frase una quinta por debajo, a la vez. Acabáis de cantar la receta de la Musica enchiriadis.
  • El problema de Franco: inventad tres figuras, una larga, una breve y una muy breve, y escribid con ellas el ritmo de una canción que os sepáis. El grupo de al lado tiene que palmearlo sin oírla.
  • Tocar: montamos la frase del principio en la flauta o en el teclado, ahora con el nombre de las notas, y la comparamos con los folios que escribisteis. Se trata de ver qué tenía razón de aquellos dibujos.
  • Escribir: repetid el encargo del principio con una melodía nueva, pero ahora con cuatro líneas dibujadas en el folio y una nota acordada. Comprobad si el grupo de al lado la canta bien a la primera.

Vocabulario fundamental

  • Canto llano — Canto de una sola línea melódica, sin instrumentos y sin armonía, con la música supeditada al texto.
  • Neuma — Signo escrito encima del texto que dibuja el movimiento de la voz. Indica si sube o baja, no desde dónde ni cuánto.
  • Tetragrama — Pauta de cuatro líneas sobre la que se escribe el canto llano. La altura en el papel es la altura del sonido.
  • Organum — La primera polifonía escrita: una o varias voces añadidas a un canto llano, primero en paralelo y después con su propia línea.
  • Notación mensural — Notación en la que la forma de cada nota indica su duración. De ella vienen nuestras figuras.

Recursos

Las canciones de esta unidad están en la biblioteca, cada una con su artículo, su chart de banda y su tablatura: Sweet Home Alabama, Saturn.

El repertorio que perdimos la llave de leer — canto hispánico del Cantatorio Toletano, por Eduardo Paniagua.

Un manuscrito español, entero — el Códice de las Huelgas por el conjunto Psallentes, en el ciclo de la Fundación Juan March.

Viderunt omnes, entero — Pérotin por The Hilliard Ensemble, once minutos y medio para escuchar con calma.

Toda la historia de la notación en cuatro minutos y medio — de los neumas a la nota moderna, con dibujos (en inglés, con subtítulos en castellano).

  • La tablatura que se calla el ritmo — Sweet Home Alabama, en la biblioteca, con su chart y su tablatura.
  • Una partitura moderna que sí lo escribe todo — Saturn, en la biblioteca, para comparar cuánto se anota hoy.
  • La otra mitad de la historia — ¿Qué pasa cuando dejamos de cantar todos lo mismo?: la textura, los trovadores y el oído de la polifonía, en otra unidad de este libro.