¿Cuánto cuesta una canción cuando hay que copiarla a mano?

Antes de 1501 una canción no se compraba. Se copiaba, a mano, una vez. Esta unidad va de lo que cambió el día que la música se pudo imprimir, vender y llevar a casa.

📅 20 de septiembre, 2026 #curso:3-eso #tipo:unidad #estilo:renacimiento #concepto:tesitura #concepto:polifonia #tema:imprenta #lugar:aragon
Portada del Harmonice Musices Odhecaton, el primer libro de polifonía impreso con tipos móviles. Ejemplar de la tercera edición, Venecia, 1504. Foto: Library of Congress, dominio público, vía Wikimedia Commons

Nos preguntamos

  • Si de una canción solo existe un ejemplar escrito, ¿de quién es esa canción?
  • ¿Cuánto tarda una persona en copiar a mano un libro de música entero?
  • ¿Quién pagaba a los músicos cuando no había entradas, ni discos, ni plataformas?
  • ¿Por qué casi toda la música de esta época va a cuatro voces, y no a tres o a siete?
  • ¿Por qué mi voz no llega este curso a donde llegaba el anterior?
  • Si nadie escribe una música, ¿se pierde?

No las respondas todavía. Al final de la unidad volvemos a ellas.

El fragmento

Antes de poner música, nos medimos. Cada uno canta una nota cómoda y la sostiene. Luego baja hasta la última nota que aguanta sin que se le rompa, y sube hasta la última que aguanta sin gritar.

Lo que hay entre esos dos extremos es tu extensión. La parte del medio, donde suena sin esfuerzo y puedes cantar un rato largo, es tu tesitura. No son lo mismo, y la que se usa para repartir un coro es la segunda.

Con eso hacemos cuatro columnas en la pizarra: soprano, contralto, tenor y bajo. Nombres de cuerdas, no etiquetas de persona. Si lo has hecho bien, la tuya está donde te resulta fácil, no donde te gustaría llegar.

Aquí toca decir una cosa sin dramatizarla. A varios de vosotros la tesitura se os está moviendo este curso. En los chicos la mutación suele caer entre los once y los quince años, de media hacia los catorce y medio, y la diferencia entre la voz de niño y la de hombre es de una octava. En las chicas el cambio llega antes y es más pequeño: una tercera aproximadamente.

Eso significa que la columna de hoy no es la de dentro de tres meses. Te colocas donde estés cómodo hoy, y nos volvemos a medir en el segundo trimestre. Lo único que conviene evitar durante esos meses es forzar: cantar apretado en notas que ya no te salen.

Ahora el dúo. Cantamos No tienen vado mis males, de Juan del Encina, a dos voces: las dos columnas graves llevan la línea de abajo y las dos agudas la de arriba. Lo aprendemos de oído, por frases, con la grabación.

Dos páginas enfrentadas de un libro de música impreso en 1556, con notación mensural negra y el texto en castellano debajo de las notas

Foto: Uppsala universitetsbibliotek, dominio público, vía Wikimedia Commons

Esa es la página de la que lo cantamos, tal y como se vendió. Se imprimió en Venecia en 1556 y la palabra que aparece encima de las dos páginas es DVO: dúo, dos voces, una por página. Cada cantante lee la suya, y debajo empieza otro dúo distinto.

Y después, la pieza entera sin comentarios por encima: «Cucú, cucú», de Encina, a cuatro voces y cuatro personas.

Qué cambió

Empecemos por lo que había antes. El Cancionero de Palacio reúne la música que se cantaba en la corte de los Reyes Católicos. Su índice anuncia 548 piezas; se conservan 469, y Juan del Encina firma 63 de ellas.

De ese cancionero existe un manuscrito. Uno. Está en la Real Biblioteca de Madrid con la signatura MS II-1335. Para que esa música sonara en otro sitio, alguien tenía que copiarla entera a mano, pentagrama a pentagrama. Un libro, una corte, un lugar.

En 1498 un impresor llamado Ottaviano Petrucci pidió al Dux de Venecia el derecho exclusivo a imprimir música durante veinte años. Nadie pide un monopolio de veinte años sobre algo que no da dinero. Ese es el dato que mejor explica lo que viene después.

Su primer libro sale en 1501 y se llama Harmonice Musices Odhecaton: noventa y seis canciones, con una dedicatoria fechada el 15 de mayo. Se repite mucho que fue la primera música impresa, y no es verdad: Ulrich Han ya había impreso un Missale Romanum con tipos móviles en 1476. Lo primero de Petrucci es otra cosa, y es más difícil: la polifonía, varias voces distintas sonando a la vez.

Difícil porque su método pasaba cada hoja por la prensa tres veces. Una para los pentagramas, otra para las notas y otra para las palabras. Tres pasadas, tres oportunidades de que la hoja quede torcida. Era lento y caro, y aun así multiplicaba: donde el copista hacía un ejemplar, la prensa hacía una tirada.

Página del Odhecaton impresa en 1504: arriba una voz con el nombre del compositor, y debajo otra voz con la palabra Tenor escrita en vertical dentro de una letra decorada

Foto: Bibliothèque nationale de France, dominio público, vía Wikimedia Commons

Mira la página y cuenta. Petrucci imprimía dos voces en la página de la izquierda y dos en la de la derecha, de modo que cuatro personas podían leer del mismo libro abierto. Cuatro es también el número normal de voces de esta música.

¿Una cosa causó la otra? No lo sé, y quien te lo asegure se está pasando de listo. Lo que sí se puede decir es que el formato del objeto y la forma de la música encajan sospechosamente bien.

Esas cuatro voces tenían nombre, y aquí está lo que nos interesa. De arriba abajo: Cantus o Superius, Contratenor Altus, Tenor y Contratenor Bassus. Con el tiempo el Altus se quedó en Altus y el Bassus en Bassus.

El Tenor no era el que cantaba agudo y lucido. Era la voz que sostenía la melodía prestada, la que ya existía antes de que se compusiera el resto. Las otras tres se construían alrededor de ella.

De esos cuatro nombres salen los cuatro de tu pizarra: soprano viene de la de arriba, contralto del Altus, tenor del Tenor y bajo del Bassus. Los nombres con los que repartes hoy un coro son nombres de líneas de un libro del siglo XVI.

Y cambió quién cobra. Josquin des Prez llegó a ganar 200 ducados en la capilla ducal de Ferrara, el salario más alto que había tenido allí un miembro de la capilla. Fue también el primer compositor occidental que mantuvo su fama después de muerto, y no es casualidad: su nombre estaba impreso en libros que seguían circulando.

Datos duros. Petrucci, Venecia: privilegio pedido en 1498, primer libro en 1501, tres pasadas por la prensa. Antes: Ulrich Han, Missale Romanum, 1476. El cancionero manuscrito: 548 piezas en el índice, 469 conservadas, un solo ejemplar. Las cuatro voces: Superius, Altus, Tenor, Bassus.

El mismo recurso en otros sitios

El recurso es repartir varias voces independientes por altura, cada una con su línea. No lo inventó el Renacimiento ni lo necesitó nunca la imprenta. Estos tres conviene oírlos seguidos:

  • Birds of a Feather, de Billie Eilish — en el estribillo suenan varias voces a la vez. Cuenta cuántas oyes, y luego decide cuántas personas crees que hay. No es la misma respuesta.
  • O magnum mysterium, de Tomás Luis de Victoria — cuatro voces, cuatro personas, ningún aparato. Cada una entra por separado y puedes seguirlas de una en una.
  • El canto polifónico georgiano — tres voces independientes que se transmiten de oído, de padres a hijos. Nunca hizo falta imprimirlo y sigue sonando.

Ninguno es mejor que otro. Los tres reparten voces por altura. Uno lo resuelve con una máquina, otro con un libro y el tercero con la memoria, y los tres suenan.

Y aquí, ¿qué?

En este siglo España no va por detrás: va delante. Tomás Luis de Victoria (c. 1548-1611) publicó sus libros en Venecia en 1572 y 1576, en Roma en 1581, 1583 y 1585, y en Madrid en 1600 y 1605, este último con la tipografía regia y en ediciones descritas como suntuosas.

Fíjate a quién van dedicados, porque ahí está la respuesta a quién pagaba: un cardenal, un duque, un papa, Felipe II, Felipe III, la princesa Margarita. Un libro impreso necesitaba un nombre delante dispuesto a soltar el dinero.

Victoria además repartía. A la catedral de Ávila le llevó en 1573 seis cuerpos de libros de música encuadernados, y volvió a hacerlo en 1577, 1584, 1587 y 1593. Un compositor regalando su propia producción a las instituciones que podían interpretarla: eso es distribución, aunque entonces no se llamara así.

Francisco Guerrero, maestro de capilla de Sevilla entre 1574 y 1599, se fue a Venecia en 1581 y se quedó hasta 1582 preparando sus propias ediciones. Su música acabó cantándose en las catedrales de Puebla y de Cuzco. La música impresa cruzó el Atlántico antes que casi ninguna otra cosa española que no fuera una orden o un impuesto.

El caso más incómodo es el Cancionero de Upsala, el libro del que sale nuestro dúo. Son villancicos en castellano, impresos en Venecia en 1556 por Girolamo Scotto: setenta piezas, de las cuales 54 son villancicos a dos, tres, cuatro y cinco voces.

La portada dice para quién es: «para que puedan aprovechar los que a cantar comenzaren». Es decir, para principiantes. Un libro de canciones españolas, fabricado en Italia, vendido a gente que estaba aprendiendo. Eso es una industria, con su cliente identificado en la cubierta.

Se conserva un solo ejemplar en el mundo. Lo encontró hacia 1907 el musicólogo Rafael Mitjana en la biblioteca de la universidad de Uppsala, en Suecia, y de ahí le viene el nombre. Música española, impresa fuera y conservada fuera: el precio de no tener imprenta propia.

En Zaragoza la pregunta de quién paga se responde mirando dos edificios. La Seo y el Pilar tenían cada uno su capilla musical y llevaban siglos enfrentados. El Pilar tuvo órgano en 1463, obra de Enrique de Colonia, y en 1537 Martín de Córdoba le construyó uno nuevo para competir con el de la catedral. Pagar música era una manera de ganar la discusión.

Melchor Robledo (c. 1510-1586) fue maestro de capilla del Pilar y, desde el 2 de julio de 1569 hasta su muerte, de La Seo. Su obra se conserva repartida en las catedrales de Ávila, Huesca, Palencia, Tarazona, Toledo y Valladolid y en las colegiatas de Calatayud y Alquézar. Repartida y copiada: viajó como viajaba todo antes de Petrucci, a mano y de catedral en catedral.

Pedro Ruimonte, en cambio, se fue. Nació en Zaragoza el 16 de mayo de 1565 y desde 1601 fue maestro de música de la capilla de los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia, en Bruselas. Allí sí se imprimió: Missae Sex en Amberes en 1604, Cantiones sex vocum en 1607 y el Parnaso español de madrigales y villancicos en 1614, en la imprenta de Phalesio. Volvió a Zaragoza ese mismo año y murió aquí en 1627.

Ese es el dato que resume el siglo en Aragón. Para que te imprimieran, había que marcharse. El que se quedó viajó copiado a mano; el que se fue a Flandes volvió con libros.

Y termina bien. Sebastián Aguilera de Heredia, bautizado en Zaragoza el 15 de agosto de 1561, organista de la catedral de Huesca desde 1585 y de La Seo desde el 29 de septiembre de 1603, publicó su Canticum Beatissimae Virginis en Zaragoza, en la imprenta de Pedro Cabarte, en 1618. Ciento diecisiete años después de Petrucci, aquí ya se imprimía música. Tarde, pero se imprimía.

Para hacer en clase

  • Mientras suena «Cucú, cucú»: cada uno sigue solo a la persona que canta su cuerda y levanta la mano cada vez que esa voz se calla. Al final comparamos: la de abajo casi no descansa.
  • Mientras suena el vídeo de las cuerdas vocales: fíjate en cuánto se abren y se cierran en el superius y en el bassus. El mismo gesto, a velocidades distintas. Eso es la tesitura vista desde dentro.
  • Mientras suena el dúo: media clase canta la línea grave y la otra media la aguda; a mitad de la pieza se cambia. La segunda mitad no sale igual, y esa es la clase.
  • Mientras suena Chain of Fools: señala con el dedo cada vez que las voces de acompañamiento responden a la solista. Son personas distintas con tesituras distintas, igual que las cuatro columnas de la pizarra.
  • Tocar: montamos Birds of a Feather con la banda, repartiendo las voces del estribillo por tesituras reales en vez de cantarlas todos al unísono. El chart y la tablatura están en su artículo.
  • Copiar: coge la página de 1556 y cópiala a mano, con rotulador fino, sin prisa. Cronometra lo que tardas en un sistema. Multiplícalo por las páginas de un libro entero. Ahí tienes la respuesta al título de esta unidad, y no te la ha dado ningún dato.

Vocabulario fundamental

  • Extensión — Todas las notas que tu voz puede producir, desde la más grave hasta la más aguda, aunque suenen mal o cuesten.
  • Tesitura — La parte del medio de tu extensión, donde cantas controlando el sonido y sin cansarte. Es la que decide en qué cuerda te colocan.
  • Muda de la voz — El cambio de tesitura que llega con la pubertad. En los chicos baja alrededor de una octava; en las chicas, alrededor de una tercera.
  • Polifonía — Varias voces independientes sonando a la vez, cada una con su propia línea, en lugar de todas cantando lo mismo.
  • Tenor — En el Renacimiento, la voz que sostenía la melodía prestada mientras las demás se construían a su alrededor. De ahí viene el nombre de la cuerda.

Recursos

Las canciones de esta unidad están en la biblioteca, cada una con su artículo, su chart de banda y su tablatura: Birds of a Feather, Chain of Fools.

La pieza de la unidad — «Cucú, cucú», Juan del Encina, del Cancionero de Palacio. Cuatro voces y cuatro personas, por el grupo Cantoría.

El dúo del fragmento — «No tienen vado mis males», Juan del Encina, tal y como se imprimió en el Cancionero de Upsala.

Las cuatro voces vistas por dentro — las cuerdas vocales de un superius, un altus, un tenor y un bassus cantando el Kyrie de la Misa «O magnum mysterium» de Victoria.

Cuatro voces, cuatro personas — «O magnum mysterium», Tomás Luis de Victoria, por Voices of Music.

El nombre que vendía libros — «El grillo», de Josquin des Prez, el compositor al que Petrucci dio más espacio, reeditado una y otra vez.

Polifonía sin imprenta — polifonías de Georgia por el Ensemble Basiani, en la Fundación Juan March. Tres voces transmitidas de oído.

Por qué te cambia la voz — explicación de la muda, de la UNAM.

  • El libro entero, digitalizado — el ejemplar del Odhecaton de la Biblioteca Nacional de Francia se puede pasar página a página en Gallica.