Casi ninguna canción que escuchas hoy tiene a una persona tocando la batería. Esta unidad va de quién la toca entonces, y de qué cambió el día que dejó de hacer falta un batería.
No las respondas todavía. Al final de la unidad volvemos a ellas.
Antes de poner ninguna canción, montamos la rejilla entre todos. Son dieciséis casillas, que es un compás de 4/4 contado en semicorcheas.
Cuando las tres capas se sostienen a la vez sin acelerar, ya has hecho lo que hace una caja de ritmos. Lo difícil no es el patrón: es que no cambie.
Ahora sí, Blinding Lights entera y sin comentarios por encima.
Durante setenta años, grabar una batería significaba lo mismo: una persona, una sala con la reverberación adecuada, una colección de micrófonos y unas cuantas horas. Y significaba algo más importante, que es que el batería decidía cómo respiraba la canción. Adelantaba un golpe, apretaba en el estribillo, se cansaba al final.
En 1980 Roland puso a la venta la TR-808. Costaba mil dólares, cuando la máquina rival de Linn costaba cinco mil. No imitaba bien a una batería real, y eso, que era su defecto, acabó siendo su identidad: ese bombo largo y ese chasquido seco no suenan a batería, suenan a la 808, y hoy los reconoces en canciones que no habían nacido cuando ella se fabricó.
Lo que cambia en el oído es una cosa concreta: la exactitud. Un golpe programado cae siempre en el mismo sitio, con la misma fuerza. La canción deja de respirar y empieza a girar. A esa figura que se repite idéntica se le llama bucle, y cuando la escuchas ya no esperas que pase algo distinto, sino que esperas que se sumen cosas encima. Por eso tantas canciones programadas crecen por capas en vez de por secciones.
Y cambia quién está en la sala. Con una caja de ritmos, una persona sola puede terminar una canción, y el productor pasa a ser un instrumentista más. La batería deja de ser algo que se toca y pasa a ser algo que se escribe, casilla a casilla, y que se puede corregir sin volver a tocarla.
Datos duros: TR-808, Roland, 1980, programable, mil dólares. LinnDrum, 1982-1985, unas cinco mil unidades, diseñada por Roger Linn, ya con sonidos grabados de una batería de verdad. Entre las dos se reparte casi todo lo que suena en la década.

Foto: Carl Lender, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons
La caja de ritmos no inventó el bucle. Lo que hizo fue abaratarlo. Estos tres lo demuestran, y conviene oírlos seguidos:
Ninguno es mejor que otro. Los tres hacen lo mismo: poner algo que no cambia debajo, para que lo de encima signifique algo.
En Madrid la máquina llega pronto. Aviador Dro se funda en 1979 y es el grupo pionero del pop electrónico en España, mirando a Kraftwerk y a Devo. Poco después Mecano convierte el sintetizador en número uno, y de eso va el artículo de Maquillaje que ya está en la biblioteca.
En Zaragoza los ochenta suenan a otra cosa. Héroes del Silencio se forma a mediados de la década con guitarra, bajo y batería tocada, y antes de ellos lo que hay es la Nueva Canción Aragonesa, con Labordeta a la cabeza. El puente entre los dos mundos es un zaragozano, Santiago Auserón, que con Radio Futura viene de la movida madrileña.
Es un dato incómodo y por eso merece contarse: la caja de ritmos llegó aquí tarde y de forma desigual. El sonido de los ochenta en Aragón es una guitarra, no una caja.
Las canciones de esta unidad están en la biblioteca, cada una con su artículo, su chart de banda y su tablatura: Blinding Lights, We Will Rock You, Saturn.
La canción de la unidad — Blinding Lights, The Weeknd (2019). El artículo, con su chart de banda y su tablatura, está en la biblioteca.
La versión con el cuerpo — We Will Rock You, Queen (1977).
El bucle en la orquesta — Boléro de Ravel, por la hr-Sinfonieorchester. Fíjate en la caja: no para ni cambia en toda la pieza.
El bucle sin máquina — cómo se toca la clave cubana, el patrón sobre el que se organiza el son y la salsa.
No las respondas todavía. Al final de la unidad volvemos a ellas.
Antes de poner ninguna canción, montamos la rejilla entre todos. Son dieciséis casillas, que es un compás de 4/4 contado en semicorcheas.
Cuando las tres capas se sostienen a la vez sin acelerar, ya has hecho lo que hace una caja de ritmos. Lo difícil no es el patrón: es que no cambie.
Ahora sí, Blinding Lights entera y sin comentarios por encima.
Durante setenta años, grabar una batería significaba lo mismo: una persona, una sala con la reverberación adecuada, una colección de micrófonos y unas cuantas horas. Y significaba algo más importante, que es que el batería decidía cómo respiraba la canción. Adelantaba un golpe, apretaba en el estribillo, se cansaba al final.
En 1980 Roland puso a la venta la TR-808. Costaba mil dólares, cuando la máquina rival de Linn costaba cinco mil. No imitaba bien a una batería real, y eso, que era su defecto, acabó siendo su identidad: ese bombo largo y ese chasquido seco no suenan a batería, suenan a la 808, y hoy los reconoces en canciones que no habían nacido cuando ella se fabricó.
Lo que cambia en el oído es una cosa concreta: la exactitud. Un golpe programado cae siempre en el mismo sitio, con la misma fuerza. La canción deja de respirar y empieza a girar. A esa figura que se repite idéntica se le llama bucle, y cuando la escuchas ya no esperas que pase algo distinto, sino que esperas que se sumen cosas encima. Por eso tantas canciones programadas crecen por capas en vez de por secciones.
Y cambia quién está en la sala. Con una caja de ritmos, una persona sola puede terminar una canción, y el productor pasa a ser un instrumentista más. La batería deja de ser algo que se toca y pasa a ser algo que se escribe, casilla a casilla, y que se puede corregir sin volver a tocarla.
Datos duros: TR-808, Roland, 1980, programable, mil dólares. LinnDrum, 1982-1985, unas cinco mil unidades, diseñada por Roger Linn, ya con sonidos grabados de una batería de verdad. Entre las dos se reparte casi todo lo que suena en la década.

Foto: Carl Lender, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons
La caja de ritmos no inventó el bucle. Lo que hizo fue abaratarlo. Estos tres lo demuestran, y conviene oírlos seguidos:
Ninguno es mejor que otro. Los tres hacen lo mismo: poner algo que no cambia debajo, para que lo de encima signifique algo.
En Madrid la máquina llega pronto. Aviador Dro se funda en 1979 y es el grupo pionero del pop electrónico en España, mirando a Kraftwerk y a Devo. Poco después Mecano convierte el sintetizador en número uno, y de eso va el artículo de Maquillaje que ya está en la biblioteca.
En Zaragoza los ochenta suenan a otra cosa. Héroes del Silencio se forma a mediados de la década con guitarra, bajo y batería tocada, y antes de ellos lo que hay es la Nueva Canción Aragonesa, con Labordeta a la cabeza. El puente entre los dos mundos es un zaragozano, Santiago Auserón, que con Radio Futura viene de la movida madrileña.
Es un dato incómodo y por eso merece contarse: la caja de ritmos llegó aquí tarde y de forma desigual. El sonido de los ochenta en Aragón es una guitarra, no una caja.
Las canciones de esta unidad están en la biblioteca, cada una con su artículo, su chart de banda y su tablatura: Blinding Lights, We Will Rock You, Saturn.
La canción de la unidad — Blinding Lights, The Weeknd (2019). El artículo, con su chart de banda y su tablatura, está en la biblioteca.
La versión con el cuerpo — We Will Rock You, Queen (1977).
El bucle en la orquesta — Boléro de Ravel, por la hr-Sinfonieorchester. Fíjate en la caja: no para ni cambia en toda la pieza.
El bucle sin máquina — cómo se toca la clave cubana, el patrón sobre el que se organiza el son y la salsa.
Don't answer yet. We come back to these at the end.
Before playing any song, we build the grid together. Sixteen slots, which is one bar of 4/4 counted in sixteenth notes.
When the three layers hold together without speeding up, you have done what a drum machine does. The hard part is not the pattern: it is keeping it identical.
Now play Blinding Lights, all of it, with nobody talking over it.
For seventy years, recording drums meant the same thing: a person, a room with the right reverberation, a set of microphones and several hours. And it meant something more important: the drummer decided how the song breathed. Pushing a beat, hitting harder in the chorus, tiring towards the end.
In 1980 Roland put the TR-808 on sale. It cost a thousand dollars, when Linn's rival machine cost five thousand. It did not imitate a real kit well, and that flaw became its identity: that long kick and that dry clap do not sound like drums, they sound like the 808, and you can still recognise them in songs written long after it stopped being made.
What changes in the ear is one specific thing: exactness. A programmed hit always lands in the same place with the same force. The song stops breathing and starts turning. That identical repeating figure is called a loop, and once you hear it you no longer expect something different to happen; you expect things to pile on top. That is why so many programmed songs grow in layers rather than in sections.
And it changes who is in the room. With a drum machine one person alone can finish a song, and the producer becomes another instrumentalist. Drums stop being something you play and become something you write, slot by slot, and something you can fix without playing again.
Hard facts: Roland TR-808, 1980, programmable, one thousand dollars. LinnDrum, 1982-1985, around five thousand units, designed by Roger Linn, already using recorded sounds from a real kit. Between them they account for most of what the decade sounds like.

Foto: Carl Lender, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons
The drum machine did not invent the loop. It made it cheap. These three prove it, and they are worth hearing back to back:
None is better than the others. All three do the same job: put something unchanging underneath, so that what happens on top can mean something.
In Madrid the machine arrives early. Aviador Dro is founded in 1979 and is the pioneering Spanish electronic pop band, looking towards Kraftwerk and Devo. Soon after, Mecano takes the synthesiser to number one, which is what the Maquillaje article in the library is about.
In Zaragoza the eighties sound like something else. Héroes del Silencio forms in the middle of the decade with guitar, bass and played drums, and before them what there is is the Nueva Canción Aragonesa, led by Labordeta. The bridge between the two worlds is a man from Zaragoza, Santiago Auserón, who came out of the Madrid scene with Radio Futura.
It is an awkward fact and that is exactly why it is worth telling: the drum machine arrived here late and unevenly. The sound of the eighties in Aragón is a guitar, not a box.
The songs in this unit are in the library, each with its own article, full-band chart and tab: Blinding Lights, We Will Rock You, Saturn.
The song of the unit — Blinding Lights, The Weeknd (2019). Its article, with the full-band chart and the tab, is in the library.
The body version — We Will Rock You, Queen (1977).
The loop in the orchestra — Ravel's Boléro, hr-Sinfonieorchester. Watch the snare: it never stops and never changes.
The loop without a machine — how to play the Cuban clave, the pattern that organises son and salsa.